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La Rebelión de las Provincias Unidas

Desde mis primeros años de estudio, la Iglesia Católica me impuso la idea de que los destinos nacían del cielo, y los oprimidos, los esclavos, los pobres, eran “eso” por designio divino, pero, como lo demostró la historia durante esos años, si la afirmación era cierta, entonces la Providencia decidió cambiarlo todo.
A partir de entonces dedicaría por entero su vida y su fortuna, en intentar cumplir su voto, y cristalizar en su amada América hispana, los principios masones que inspiraron el nacimiento de los Estados Unidos, y la Revolución Francesa.

Y la Reunión Americana a nuestro parecer, junto a sus más excelsos integrantes, fueron los escogidos para hacerlo, al menos en lo referente al mundo hispanoparlante.

Por desgracia, no fuimos los únicos en intentar tomar partido.

En octubre del año siguiente, Napoleón, que anexó la flota española a su Imperio, ataca a los ingleses, pero es igualmente vencido en Trafalgar.

Dudamos que la marina española haya dado lo mejor de sí.

El Imperio británico y el ruso combinaron esfuerzos para liberar Holanda y Suiza.
Austria intervino nuevamente.

A la beligerancia se le comenzó a llamar “la guerra napoleónica”, y dada la juramentación de Bonaparte como Rey absoluto del nuevo Imperio, los pueblos pasaron de ser absorbidos por un estado que luchaba contra las tiranías del continente, no solo a ser invadidos por una monarquía extranjera, sino comandada por un usurpador.

Bajo esta nueva interpretación, quedaba claro que los franceses intentaban conquistar el Mundo Conocido a como diera lugar, y por tanto, debían ser detenidos.

La Iglesia vio confirmado su principal argumento: Bonaparte era el tan esperado anticristo.
No faltaron celebraciones al respecto.

El conflicto como tal, terminó librándose a todo lo largo de esta parte del planeta: en Europa, América y el Caribe.

Los enemigos de Francia cerraron filas: había que detenerla.

No obstante todo esto, a un año de ser coronado, Napoleón aplastó nuevamente la Coalición.
Los imperios ruso y austríaco mordieron el polvo.

Se dice que por cada francés perdido en batalla, murieron 3 o más de sus adversarios.

Un mes antes, exactamente el 11 de noviembre de ese año, Bolívar aceptó su nombramiento como miembro formal de la logia francesa.

El undécimo día del undécimo mes, del año de la Gran Luz 5805 para los Masones.

Su discurso de aceptación y agradecimiento lo dio en francés, un francés fluido y elegante según los testigos.

No era para menos, sabemos que su madre no escatimó en contratar los mejores maestros de la época, para darle la mejor educación.
En Venezuela su formación incluyó “Lengua Latina y Gramática, Matemática, Literatura y Geografía, Letras”.

En Europa, bajo el cuidado de su representante, el Marqués Jerónimo Ustáriz y Tovar, aprendió perfectamente el Francés y el Inglés, completó sus estudios en matemática, y pasó deliciosas horas leyendo empedernidamente algunos de los clásicos más importantes, textos antiguos tomados de las voluminosas bibliotecas, tanto de la familia como de sus amistades.

Probablemente los autores franceses, al igual que sucede con todos los jóvenes ante lo prohibido, le atrajeron.

Fue también durante ese año que hizo su tercer juramento, sucedió en el Monte Sacro, la más pequeña de las siete colinas romanas; y tuvo como testigo a Don Simón Rodríguez, que como ya dije, fue por entonces su fiel compañero de viajes:

“¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”.

Viudo y totalmente huérfano para la fecha, este príncipe de la nobleza hispano parlante, sin saberlo, sentenció a muerte la tiranía española en el Nuevo Mundo.

Capítulo II
Leer más... Autor: William Daniel Género: Literatura y ficción Ficción histórica

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